SUEÑO DE AÑO NUEVO.
*Se había quedado dormido cuando el último petardo volador subió a lo alto del inmenso jardín y junto a una nube se abrió en una luminosa flor multicolor que baño con el arco iris de fuego la vaporosa figura blanca de algodón…
…Con esa imagen permaneció tendido en la cómoda reposera… el sueño invadió la estrellada noche estival y sólo el rumor de la brisa en el follaje del hermoso jardín, lo acompañó como un dulce arrullo que, poco a poco, lo fue sumiendo en la deliciosa inconciencia…
Aroma de jazmines, hierba húmeda…
…La nube de fluctuante vapor se fue tornando rosada… luego celeste rojiza para, finalmente, convertirse en un hirviente dorado en ebullición destellante…
El, estaba embelesado con el cambiante espectáculo de la naturaleza…
Ejerciendo suave presión en los mandos, su avión se inclinó ligeramente y apuntó su brillante nariz en ligero viraje ascendente hacia la dorada nube.
Y pudo oír el susurro:
“Vas a entrar…? -Cuidado...! Atento a la turbulencia… vigila el pitot… prepara los calefactores…No excedas el crucero bajo…”
La voz segura y tutorial de su instructor, a pesar de sus miles de horas de vuelo, se volvió a escuchar suave y sugestiva, nunca imperativa, junto a sus oídos.
Aquella voz, aquellos sabios consejos, jamás lo abandonaron a lo largo de todos sus vuelos por decenas de años, cientos de escenarios y miles de cielos.
Jamás creyó saberlo todo… por el contrario… seguía aprendiendo con cada nuevo minuto de su vida, con cada vuelta de sus motores…
Entonces, sintió su presencia…
Y miró a su derecha…
Los ojos oscuros, profundos, le miraban con curiosidad y cariño, irradiando un afectuoso respeto, una inocente interrogante.
El “principito” no perdía uno sólo de sus movimientos y es más: muy suavemente tenía apoyados los pies en los pedales y las yemas de sus dedos tomaban casi imperceptiblemente el volante de mando.
Indudablemente seguía, detectaba la más leve presión, el más pequeño movimiento.
Aquellos ojos, repasaban ritual y ordenadamente, cada instrumento del panel.
Como tantas veces, se sintió auscultado por aquella mirada que algo esperaba de él.
Y se lo propuso repentinamente:
– Sintió que decía su propia voz…
¿Entramos a esa nube pequeño aguilucho…?
Y escuchó la voz del niño decidida, ansiosa en su curiosidad y segura en su confianza:
“Si… llevame… quiero conocer el oro del cielo…vamos”
El miró fijamente aquellos jóvenes ojos expectantes…. No dudó.
-Entonces -le dijo- vamos juntos… Tú sabes volar….
Llévame tú… ha llegado tu turno… Conoces el rumbo.
Yo te sigo confiado, porque tú mismo eres mi avión.
Casi reflexionando, le contó…
Una vez creí ver el oro del cielo, en aquella tarde a solas sobre la cordillera…
Pero fue demasiado fugaz y los vientos me tenían muy ocupado…
Parecía realmente divino…
Ahora, tú me conduces como príncipe del cielo.
Y siguiendo tu instinto, ese que nació con tu vida, allá voy contigo…
Feliz, rumbo al tesoro de los cielos que seguramente nos espera.
Aquellas delgadas y jóvenes manos, empuñaron suave y firmemente los mandos.
El avión, como dotado de nueva vida, enfiló decididamente hacia la nube de oro, preparado por la racional habilidad del joven piloto, para cualquier contingencia de vientos y nieves o granizos.
Al entrar en la dorada masa vaporosa, las alas temblaron ligeramente, alcanzadas por la turbulencia.
Pero el “principito” del cielo, sereno y dominante, mantuvo el nivel y la posición como si su propio cuerpo volara, una simbiosis de su carne y su avión…Instinto, criterio, seguridad en sí mismo, sintiendo vibrar cada centímetro de la estructura como parte de sí mismo.
El, lo miraba.
El volvió a verse veinteañero, ensimismado como era su costumbre y gozando con todas sus fibras aquel vuelo total, dialogando con su máquina y sus alas, acariciando cada parte con sus manos, sintiendo el potente empuje de su motor.
A través del disco de la hélice, miraba cómo su destino de oro se acercaba brillante, deslumbrante, nimbado de un millón de ilusiones, preñado de promesas, ajeno a la mezquindad de la tierra.
Jamás vio en el cielo ninguna frontera…
Ningún manual le dijo que su avión disfrutaba la libertad de volar, tanto como él mismo disfrutó.
Pasado el breve instante, toda turbulencia cesó y el pequeño avión en suave vuelo, desembocó en un baño de oro luminoso.
Entonces, desde la profundidad de aquellos ojos, la voz del pequeño príncipe del cielo se escuchó casi melodiosa…
“…Tus sueños… Me has dado el rumbo… Has sido mi guía… ahora… Creo que estamos llegando… Mira… es hermoso… inigualable… infinito… están todos los colores… todas las ilusiones…
Es nuestro cielo de oro y diamantes… Es el celeste inigualable, como los ojos de tu madre…
Lo habías visto antes ¿verdad?...”
Volvió a mirar en aquellos ojos, lo profundidad interior del niño.
-Y… No dudó al responderle:
-Si mi pequeño aguilucho… lo vi siempre en cada uno de mis sueños…
Y ahora siento la desbordante felicidad de poder compartirlo contigo…
Sentir el mismo viento junto a ti…
Y comprobar juntos, que era cierto…
Saber que tú puedes alcanzar tu destino de un cielo de oro…
Si lo sueñas y si lo quieres de verdad.
Está en ti.
Sueña y quiere pequeño.
Y entonces, tendrás tu verdad.
El primer sol del nuevo año, derramó su temprana tibieza sobre sus ojos cerrados.
Despertó.
Sentía todavía el palpitar de su avión.
El pequeño principito del cielo, no estaba en el jardín.
Levantó sus ojos y en el celeste imponente de un cielo de verano, vio aquella nube que ahora parecía rosada y añil…
En alguna voluta de vapor, un Tomita entonaba su canción en Sol mayor a 2.400 revoluciones en ascenso.
-Allá está él sin dudas…navegando el cielo en su propia dimensión…
Sigue su propio sendero; la ruta que supo elegir.
Ahora, vuela sólo…
Y por Dios… ¡qué bien que lo hace…!
Alguna vez, en alguna parte, alguien comenzó a volar sólo.
Una vez, Yo lo hice… Igual que el pequeño príncipe.
Me siento tremendamente feliz…
Quisiera seguir soñando…
Feliz año nuevo, lleno de sueños y esperanzas.
…Con esa imagen permaneció tendido en la cómoda reposera… el sueño invadió la estrellada noche estival y sólo el rumor de la brisa en el follaje del hermoso jardín, lo acompañó como un dulce arrullo que, poco a poco, lo fue sumiendo en la deliciosa inconciencia…
Aroma de jazmines, hierba húmeda…
…La nube de fluctuante vapor se fue tornando rosada… luego celeste rojiza para, finalmente, convertirse en un hirviente dorado en ebullición destellante…
El, estaba embelesado con el cambiante espectáculo de la naturaleza…
Ejerciendo suave presión en los mandos, su avión se inclinó ligeramente y apuntó su brillante nariz en ligero viraje ascendente hacia la dorada nube.
Y pudo oír el susurro:
“Vas a entrar…? -Cuidado...! Atento a la turbulencia… vigila el pitot… prepara los calefactores…No excedas el crucero bajo…”
La voz segura y tutorial de su instructor, a pesar de sus miles de horas de vuelo, se volvió a escuchar suave y sugestiva, nunca imperativa, junto a sus oídos.
Aquella voz, aquellos sabios consejos, jamás lo abandonaron a lo largo de todos sus vuelos por decenas de años, cientos de escenarios y miles de cielos.
Jamás creyó saberlo todo… por el contrario… seguía aprendiendo con cada nuevo minuto de su vida, con cada vuelta de sus motores…
Entonces, sintió su presencia…
Y miró a su derecha…
Los ojos oscuros, profundos, le miraban con curiosidad y cariño, irradiando un afectuoso respeto, una inocente interrogante.
El “principito” no perdía uno sólo de sus movimientos y es más: muy suavemente tenía apoyados los pies en los pedales y las yemas de sus dedos tomaban casi imperceptiblemente el volante de mando.
Indudablemente seguía, detectaba la más leve presión, el más pequeño movimiento.
Aquellos ojos, repasaban ritual y ordenadamente, cada instrumento del panel.
Como tantas veces, se sintió auscultado por aquella mirada que algo esperaba de él.
Y se lo propuso repentinamente:
– Sintió que decía su propia voz…
¿Entramos a esa nube pequeño aguilucho…?
Y escuchó la voz del niño decidida, ansiosa en su curiosidad y segura en su confianza:
“Si… llevame… quiero conocer el oro del cielo…vamos”
El miró fijamente aquellos jóvenes ojos expectantes…. No dudó.
-Entonces -le dijo- vamos juntos… Tú sabes volar….
Llévame tú… ha llegado tu turno… Conoces el rumbo.
Yo te sigo confiado, porque tú mismo eres mi avión.
Casi reflexionando, le contó…
Una vez creí ver el oro del cielo, en aquella tarde a solas sobre la cordillera…
Pero fue demasiado fugaz y los vientos me tenían muy ocupado…
Parecía realmente divino…
Ahora, tú me conduces como príncipe del cielo.
Y siguiendo tu instinto, ese que nació con tu vida, allá voy contigo…
Feliz, rumbo al tesoro de los cielos que seguramente nos espera.
Aquellas delgadas y jóvenes manos, empuñaron suave y firmemente los mandos.
El avión, como dotado de nueva vida, enfiló decididamente hacia la nube de oro, preparado por la racional habilidad del joven piloto, para cualquier contingencia de vientos y nieves o granizos.
Al entrar en la dorada masa vaporosa, las alas temblaron ligeramente, alcanzadas por la turbulencia.
Pero el “principito” del cielo, sereno y dominante, mantuvo el nivel y la posición como si su propio cuerpo volara, una simbiosis de su carne y su avión…Instinto, criterio, seguridad en sí mismo, sintiendo vibrar cada centímetro de la estructura como parte de sí mismo.
El, lo miraba.
El volvió a verse veinteañero, ensimismado como era su costumbre y gozando con todas sus fibras aquel vuelo total, dialogando con su máquina y sus alas, acariciando cada parte con sus manos, sintiendo el potente empuje de su motor.
A través del disco de la hélice, miraba cómo su destino de oro se acercaba brillante, deslumbrante, nimbado de un millón de ilusiones, preñado de promesas, ajeno a la mezquindad de la tierra.
Jamás vio en el cielo ninguna frontera…
Ningún manual le dijo que su avión disfrutaba la libertad de volar, tanto como él mismo disfrutó.
Pasado el breve instante, toda turbulencia cesó y el pequeño avión en suave vuelo, desembocó en un baño de oro luminoso.
Entonces, desde la profundidad de aquellos ojos, la voz del pequeño príncipe del cielo se escuchó casi melodiosa…
“…Tus sueños… Me has dado el rumbo… Has sido mi guía… ahora… Creo que estamos llegando… Mira… es hermoso… inigualable… infinito… están todos los colores… todas las ilusiones…
Es nuestro cielo de oro y diamantes… Es el celeste inigualable, como los ojos de tu madre…
Lo habías visto antes ¿verdad?...”
Volvió a mirar en aquellos ojos, lo profundidad interior del niño.
-Y… No dudó al responderle:
-Si mi pequeño aguilucho… lo vi siempre en cada uno de mis sueños…
Y ahora siento la desbordante felicidad de poder compartirlo contigo…
Sentir el mismo viento junto a ti…
Y comprobar juntos, que era cierto…
Saber que tú puedes alcanzar tu destino de un cielo de oro…
Si lo sueñas y si lo quieres de verdad.
Está en ti.
Sueña y quiere pequeño.
Y entonces, tendrás tu verdad.
El primer sol del nuevo año, derramó su temprana tibieza sobre sus ojos cerrados.
Despertó.
Sentía todavía el palpitar de su avión.
El pequeño principito del cielo, no estaba en el jardín.
Levantó sus ojos y en el celeste imponente de un cielo de verano, vio aquella nube que ahora parecía rosada y añil…
En alguna voluta de vapor, un Tomita entonaba su canción en Sol mayor a 2.400 revoluciones en ascenso.
-Allá está él sin dudas…navegando el cielo en su propia dimensión…
Sigue su propio sendero; la ruta que supo elegir.
Ahora, vuela sólo…
Y por Dios… ¡qué bien que lo hace…!
Alguna vez, en alguna parte, alguien comenzó a volar sólo.
Una vez, Yo lo hice… Igual que el pequeño príncipe.
Me siento tremendamente feliz…
Quisiera seguir soñando…
Feliz año nuevo, lleno de sueños y esperanzas.
